Monje a la orilla del mar

¡Hola, familia! ¿Cómo estáis y cómo ha comenzado el lunes? Ya sabemos que queda un día menos para el próximo finde 😂¡A por él!. Hoy comparto con vosotros la reseña de una obra pictórica que siempre me ha fascinado. A simple vista puede parecer muy sencilla, pero el mensaje que conlleva es muy amplio. ¡Ahora mismito os lo explico! ¡Comenzamos! Mil besos a todos❣️

 

MonjemirandoalmarTítulo: Monje a la orilla del mar

Autor: Caspar David Friedrich

Cronología: 1808-1810

Estilo: Romanticismo

Técnica: óleo

Soporte: tela, 1´10 m x 1´71 m

Localización actual: Museo Staatliche (Berlín)

Tema: la ínfima silueta de un monje mirando un mar y un cielo oscuros y amenazadores desde una playa de dunas. Lo humano y minúsculo frente a la inmensidad.

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“El pintor no solamente tiene que pintar lo que ve, sino también aquello que ve en su interior”. No voy a ser yo la que esté en desacuerdo con estas palabras pronunciadas por Caspar David Friedrich hace más de dos siglos en pleno Romanticismo pictórico. Sí, ya sabéis que me apasiona el movimiento como dije en la anterior cápsula divulgativa, y como puse varias pinturas de él para ilustrarlo, pensé que tenía que tratar más a fondo alguna de sus obras, pues para mí son una auténtica delicia.

Friedrich rompió con gran parte de las reglas establecidas hasta aquel momento en el que se decidió a pintar, pues hasta entonces nadie había cuestionado cómo se tenía que pintar un paisaje. Sin embargo, fue el paisajista romántico alemán más relevante de sus tiempos. A diferencia de lo que habían hecho hasta el momento sus vecinos franceses, quienes habían optado por relegar la figura humana a un segundo plano y optar por representaciónes de índole más histórica, este cedió el total protagonismo a la naturaleza. “Monje a la orilla del mar” se presenta como una alegoria del estado vital del propio autor, del artista que se percata de su pequeñez e insignificancia ante la inmensidad del universo.

MonjemirandoalmarCentrémonos desde una perspectiva formal que analiza los elementos plásticos. El color blanquecino de la tierra contrasta totalmente con la oscuridad en mezcla de azules del mar, que, a su vez, invade cromáticamente la diminuta figura de la playa, reducida a una delgada franja por acción del azul del cielo y el componente grisáceo de las nubes. Nos hallamos, por tanto, ante una pintura que juega con colores fríos que se convierten en el resultado de las intenciones del autor, es decir, en el resultado del deseo particular de Friedrich de retratar la inaccesibilidad de la naturaleza para el ser humano. A pesar de la línea recta que se observa para delimitar el horizonte, también se observan las ondulaciones propias de las olas y de las dunas sobre las cuales se sustenta el monje, hecho que le infunden un sutil dinamismo que pasa desapercibido a simple vista pero que aparece cuando agudizamos la vista.

En cuanto a la composición, la obra es fruto de unas reflexiones que, a causa de su aparente sencillez, no se dejan entrever. Esta obra supone la ruptura de gran parte de las reglas válidas hasta el momento a la hora de trazar un paisaje. ¿Pero en qué puntos podemos observar esto que afirmamos? La marina no tiene profundidad; no hay nada que observar además de la monotonía, y todas las líneas huyen del cuadro sin tener en cuenta que hay una limitación lateral que las corta al final del lienzo, hecho que crea en el espectador la sensación de un simple corte arbitrario. El cielo abarca 4/5 partes de la obra, mientras que el resto se la reparten de forma equitativa el mar y la tierra. También cabe remarcar que Friedrich, a la hora de situar la silueta del monje por debajo de la línea del horizonte, acentúa la pequeñez del individuo. Asimismo, justamente donde se halla el personaje se observa cómo la tierra parece adentrarse hacia el mar, aspecto que consigue una especie de centralización u origen que parece dotar al monje de punto central desde donde parten las líneas de la composición. En este sentido, la figura humana se contrapone o se enfrenta de manera continua a la naturaleza, tan preciada y respetada entre los románticos. El estatismo del individuo contrasta con el movimiento de las nubes, el mar y las ondulaciones de las dunas, de modo que, una vez más, se pone de manifiesto la insignificancia de lo humano frente a la majestuosidad de la naturaleza. Y tanto es así que Friedrich plasma en el monje la única vertical existente en todo el conjunto marcado por la horizontalidad. El humano como elemento discordante en una naturaleza que lo domina todo.

Si hablamos del estilo, el alemán es considerado, junto con otros románticos de la época como Turner o Constable, el gran paisajista del Romanticismo. Toda su obra estuvo marcada por una gran dosis de espiritualismo, pues solamente hay que leer la afirmación que pronunció y que dice así: “Cierra tus ojos corpóreos a fin de poder ver tu cuadro con los ojos del espíritu, y haz surgir a la luz del día aquello que has visto entre las tinieblas”. No obstante, Friedrich cayó en el olvido y no se le recuperó hasta el año 1900, con el nacimiento del Simbolismo en Francia.

monjemirandoalmar2Pero hablemos de la interpretación de la composición, de su contenido y de aquello que significa. Si tuviéramos que resumir el contenido del cuadro, una breve frase vendría a decir lo siguiente: la figura diminuta y solitaria de un monje observa al mismo tiempo la inmensidad del mar y del cielo. La naturaleza, por tanto, se ve como distante e inabastable para el individuo. ¿Qué somos realmente ante el universo? Esta parece ser la pregunta que cualquier espectador se puede plantear después de observar la obra. Si nos fijamos bien, hasta se puede observar cómo el monje apoya su cabeza entre las manos, símbolo de humildad y de la plena consciencia de verse como apenas nada. El artista se representa a sí mismo en la silueta humana y ve en ella la manera de autorepresentarse y hacer una confesión vital y artística (en el Romanticismo era muy habitual hacer que estas dos facetas fueran indisolubles). Es a través de la naturaleza, pues, que Friedrich puede representar su propio interior.

Como dato curioso cabe destacar que el pintor alemán, en la mayoría de sus obras, acostumbra a pintar a los personajes de espalda al espectador en una actitud contemplativa o de tranquilidad y silencio. En este caso, la soledad del monje, tanto física como interior, se potencia mediante la grandeza y la suntuosidad de la naturaleza que lo acoge. Se sabe que el artista retocó de manera profunda la obra en más de cuatro ocasiones y que finalmente la presentó en la exposición de Berlín de 1810, donde la adquirió el rey Federico Guillermo III de Prusia.

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